EL TREMENDO VACIO DE LOS DESEOS.

 

 

En la antigüedad se creía que, en las fuentes o pozos, ubicados generalmente en plazas públicas, el agua contenida en ellos concedería los deseos de todos aquellos que tributen monedas lanzadas de espaldas. Esto se atribuía a la “deidad” de las mismas aguas de la fuente, o bien a “deidades” esculpidas en la misma fuente.  

 

Más allá de la idolatría en sí, lo implícito en este acto folklórico que se ha desarrollado por siglos, son más bien los deseos de personas, que por una u otra razón, buscan satisfacer un vacío, llenar una zona oscura, despejar una X en la ecuación de sus vidas.

 

Todo vacío es una separación, un abismo. En este entendido, podemos ver a personas que basan la motivación de sus vidas en llenar vacíos, en buscar obstinadamente soluciones humanas o naturales a problemáticas que radican en lo más profundo del hombre y la mujer. Muchos son motivados por el tener cosas o una posición o legitimación social, pero en realidad en su interior sienten que son insuficientes o inferiores frente al resto.

 

Otros corren contra el tiempo y buscan cosas por hacer, bajo el pretexto de la productividad, la auto exigencia y la excelencia. Sin embargo, al andar del tiempo caen en la ansiedad, la preocupación, la frustración, les cuesta dormir, etcétera.

Otros caen en vicios y adicciones. Debido a que muchos creen tener carencias o debilidades, deciden evadirse por medio de cualquier cosa que los saque temporalmente de la noción de “realidad” o de su estado consciente, ya sea con alcohol o drogas, avaricia o amor al dinero, sexo ilícito, comida, obsesiones, y obstinaciones. La sensación de momentáneo bienestar provoca la adicción a prolongar dicha sensación o repetirla, de modo que sin importar el daño o las consecuencias que pueda traer la adicción, se persista.

 

En este entendido, podemos ver que el propio impulso por prevalecer, la supervivencia, la incertidumbre y el temor, se levantan en el interior como una voz fuerte, una voz de egoísmo, se yergue la estatua de nuestro propio ídolo, que nos centraliza en nuestros propios deseos, y que muchas veces justificamos e intentamos legitimar como “sueños” o derechos individuales, pero que en el fondo provienen del más profundo abismo. Este espiral en caída libre, va degradando cada vez más, al punto en que la obstinación en el corazón hace que un ser humano actúe en forma bestial y cada vez menos sensata.

 

Dentro de lo que había sido nuestra terquedad, dureza y ceguera, realmente no podíamos ver salida. Pero no es sino hasta llegar a lo profundo y ser quebrantados en la dureza del corazón, que podemos derribar ese o esos ídolos de falsedad, que podemos verdaderamente salir del laberinto o de ese vacío desesperante. Mientras estábamos en completa oscuridad, hubo alguien que abrió el camino para que pudiésemos ver. 

 

Efectivamente, existe una vía para salir de este abismo, fue abierta de la única forma en que se puede quebrantar la dureza más extrema, El Amor Profundo. El Amor es insondable, infinito, persistente, inquebrantable, jamás se rinde y nunca deja de ser. Hubo un Amor manifestado en la forma más pura, y de la forma más extrema y radical. Alguna vez ustedes habrán dicho “por amor hago lo que sea”, pero ¿estarías dispuesto a morir por amor a alguien?

 

Este Amor fue a lo profundo, para que abriésemos los ojos y rindiéramos nuestro corazón. Este es el Amor que Venció, que finalmente nos vence y nos quebranta, para que la luz comience a brillar otra vez, y podamos dejar atrás el vacío del temor, la incertidumbre, el silencio y la separación.

 

Cuando pude ver que estaba mal, y reconocer lo lejos que me había ido, pude ver que mi propio parecer y mis propias ideas fracasaron en llenar el vacío, sólo el Amor de Cristo me pudo traer de vuelta. Sólo su Amor inquebrantable y persistente, me pudo llenar en toda su plenitud. No necesitaba inventarme caminos, desde siempre hubo camino para que pudiera andar, supe entonces que no necesitaba nada, porque en Cristo lo tengo todo.    

 

 

 

 

 

 

 

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