El Ocaso de los Idolos y el Amanecer.

 

 

 

Desde tiempos antiguos, el hombre ha buscado ídolos que rijan sus vidas, imágenes con las que interactúan para imitar una conducta, validaciones sociales, legitimación frente a sus pares, desde el instinto de supervivencia, siempre se ha apartado de su verdadero origen, buscando construir una imagen que intente llenar ese vacío que ha cargado en su interior.

El ser humano ha formado sistemas piramidales de organización social, no sólo desde los ámbitos político y religioso, sino desde la influencia de pensadores, filósofos, artistas y deportistas, actores famosos, cantantes o grupos, a los cuales ha puesto en una elite, en un “olimpo” inalcanzable. Simplemente humanos subyugando a otros humanos.

 

Desde la antigua babilonia, el ser humano ha acuñado corrientes de pensamiento, acuerdos o convenciones colectivas, desde la natural tendencia humana a la maldad. Esto por lo general, tenía su reflejo en divinidades esculpidas en diversos materiales, las que moldeaban la conducta de aquella ciudad o etnia, se valía además de íconos, símbolos, actos, ceremonias, y liderazgos encarnados en hombres o mujeres, cazadores de almas que atemorizaban a la población o les chantajeaban ofreciendo protección o beneficios.

 

Desde el Siglo XX, el cine, la Radio y la Televisión, rigieron en gran manera nuestras interacciones sociales, nuestra forma de vida y nuestra manera de pensar, de manera mucho más potente que la prensa escrita o la literatura. La razón de esto fue que expusieron de manera más masiva, los ídolos o referentes que la gente necesitaba adorar, por ejemplo, ante el posible cierre de uno de los grandes estudios de Hollywood, la gente se apostó a protestar, diciendo “no cierren, amamos los finales felices”.

Es inevitable pensar en Chile, y en fenómenos como “La Madrastra” (1985), o Sábados Gigantes (1962-2015), y el alto revuelo social que provocaron. Tal como antaño la radiotelefonía y los radioteatros. Responden al vacío colectivo, a una falta de identidad, tanto personal, familiar, así como masiva. El ser humano, al no saber quien realmente es, ni quien es realmente su fuente de origen, se inventa ídolos para calmar la sed interior, tal como un niño solitario se inventa un amigo imaginario, de la misma forma inventa una proyección en la cual reflejarse, pero al final esta proyección es vacía, es una fantasía, simplemente una imagen.

 

Hoy en día, estos ídolos se han erguido en forma de “regurgitación” de ideas pasadas, más aún mal entendidas, hoy contenidas en protestas sin pie ni cabeza, legislaciones perversas, y un resonar en la política y los medios de comunicación que sirven como meros “lame botas” o vasallos al sistema de la estatua, quienes se toman de la corriente, porque simplemente es “popular” hacerlo, en realidad no pretenden quedar mal con nadie.

Es fácil ser popular, influyente, si se “agarra la corriente”, como un surfista toma una ola, simplemente vístete de ídolo ¡y ya! Lo difícil es vivir la verdad, es caminar en lo genuino, es saltar sobre el vacío al otro lado, es no inclinarse ante la estatua cuando todos se inclinan, es no dejarse subyugar, pero no desde la rebelión, sino desde el amor y la verdad, porque tienes la certeza de que existe un camino mucho más alto, y esto tan innegable, nadie te lo puede quitar.

 

El mar podrá ser impetuoso, pero tiene su límite, las corrientes serán masivas, pero dejarán de ser. Las mentiras no se sostendrán más, caerán en el lazo de sus propias redes. Los ídolos están cayendo. Lo que hoy es popular, simplemente quedará obsoleto. Hoy se levanta la voz de un sonido nuevo, la voz de un amanecer inminente, que ilumina los corazones de quienes lo han esperado con esmero, y que iluminará el camino de quienes no saben por donde andar, Estos andarán y conocerán el camino que los lleva a quien es su fuente de origen, el camino donde encontrarán quienes son realmente, ya no caminarán por lo que ven, sino por lo que creen.

 

Se está levantando una corriente que no podrán parar, una ciudad de aguas puras, que no admite suciedad, un cuerpo que no admite corrupción, una dimensión de luz.

 

 

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