Justicia para Sophia: ¿Pena de Muerte?

 

 

 

 

Este pasado 25 de enero de 2018, fue impactada la comunidad de Alerce Sur, en Puerto Montt, debido al brutal crimen de Parricidio que cometió el padre biológico de Sophia, lactante de 1 año y 11 meses. El autor del crimen, identificado como Francisco Ríos Ríos, de 26 años, le dio muerte a la menor, dejando signos de asfixia por estrangulación, signos de violencia sexual, y de quemaduras de cigarrillos, que, según medios locales, tendrían una data de al menos una semana. Según el fiscal del caso, Marcello Sambuceti, la muerte de la menor fue debido a fuertes traumas abdominales, y al consecutivo sangrado interno. El autor del Parricidio quedó a disposición de la Justicia.

 

A la salida de la audiencia de formalización, unos 300 manifestantes de la localidad, entre ellos vecinos y dirigentes sociales, se apostaron en las afueras del tribunal. Desplegaron pancartas, lanzaron piedras y realizaron otros actos violentos, agredieron al Fiscal del caso y al jefe de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones de Chile. Su consigna era exigir la Pena de Muerte para el autor de este crimen. También en otros lugares del país, y medios de comunicación, se ha levantado esta misma consigna.

 

En Chile, la Pena de Muerte, fue derogada en 2001, por la Ley 19.734, estableciendo como pena máxima el Presidio Perpetuo Calificado, el cual exime de beneficios al imputado, hasta cumplir 40 años de cárcel efectiva.

 

Ante estos hechos, es difícil entender porqué en nuestro país suceden estos crímenes. Naturalmente nadie en su sano juicio justificaría una atrocidad como esta, no es el único crimen que vemos últimamente, no es el primero ni el último. En el último tiempo hemos visto en la prensa crímenes escalofriantes. Entiendo la frustración social generalizada, de ver un sistema Judicial, en muchos casos ineficiente, que ha dejado libres a los autores de horrendos crímenes. Lo preocupante, es que no están provocando en la sociedad en su conjunto, en cada uno de nosotros, la reacción que en realidad debiésemos manifestar. No está saliendo precisamente lo mejor de nosotros.

 

Resulta sencillo y ligero, tipificar los crímenes, cargando la balanza a la violencia intrafamiliar, donde generalmente existe un sesgo feminista, cuando en realidad crímenes como este pueden cometerlos tanto hombres como mujeres. Cuando vemos estas atrocidades, debiésemos ver una familia enferma y herida, que necesita la ayuda de todos nosotros, no una sociedad violenta con antorchas y lanzas dispuestos a matar. Si ha muerto lamentablemente una pequeña inocente, debiésemos gemir de dolor por nuestros niños, por las familias que no han podido ver la luz, que, sumergidos en violencia y disfuncionalidad, asediados por alcohol y diversas drogas, no han sido más que esclavos del dolor.

 

Es fácil pedir la pena de muerte, lanzar las piedras contra asesinos, violadores y delincuentes, pero veamos lo que provoca esto socialmente. ¿Acaso no es ya suficiente con la violencia de estos crímenes? Nunca justificaré lo que hizo Francisco Ríos, pero sé que hasta el “Chacal de Nahueltoro” se arrepintió de su crimen, pidiendo perdón a Dios antes de ser fusilado. Es muy fácil que nos sentemos en el trono de un juez, pero cuidemos de no ser tan homicidas como los autores de estos crímenes, y aunque entiendo en parte esta sensación de injusticia e impunidad por parte de las autoridades, no puedo entender las detenciones ciudadanas, ni la mala reacción ante el crimen de Sophia. Debiésemos gemir de dolor, clamar por nuestra nación. Debemos volvernos a Dios, autor de la Vida, y el único que puede emitir un justo juicio.

 

 

 

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