DIBUJAR UNA SONRISA EN LA TORMENTA

 

 

En nuestra vida, tendemos a idealizar el como queremos vivirla, nunca nos proyectamos sobre momentos de tristeza o de pesar. Tenemos la mala costumbre de pensar que la vida está para saltarse los procesos, particularmente los que conllevan dolor. No queremos vivirlos, pensando en que así creceremos igual, pero la verdad es que ese es un camino cobarde y fácil.

 

Muchas veces nos preguntamos porqué Dios permite la partida o el sufrimiento de un ser amado, ¿Porque pasamos momentos dolorosos? Tendemos a buscar culpables, a culparnos a nosotros mismos, a buscar excusas para no vivir ese dolor. No entendemos la magnitud de tal privilegio, creemos que es en contra nuestro, que es un castigo, y puede sonarles feo lo que escribo, pero creo que la mayoría de las veces que nos enfrentamos a una época difícil, la tomamos negativamente, sin entender, que es el camino angosto que debemos pasar para poder ser moldeados, preparados y fortalecidos para lo que viene, porque lejos de la bonita retórica, ese dolor produce una transformación más excelente en nosotros.

 

Cuando nos escondemos del dolor y los procesos, nos escondemos en realidad del aprendizaje. Tendemos a escondernos del fracaso, del ridículo, del qué dirán, vivimos con miedo construyendo máscaras que esconden nuestra debilidad. Pero viene la tormenta y damos voces de miedo y de terror. Sin entender que viene la bonanza y las aguas calmas, está viniendo un amanecer lleno de aprendizaje, de nuevas ideas y nuevos sueños, que fueron definitivamente forjados a martillo en nuestro corazón, precisamente en las épocas más duras, en los valles de “sombra y de muerte”, donde aprendemos a no tener más miedo.

Por lo general nos acordamos de Dios cuando tenemos miedo, cuando recordamos lo débiles y vulnerables que somos, cuando nuestra sabiduría o consejo se vuelve pequeño, limitado, allí nos acordamos de que Dios nos estaba tratando, allí nos damos cuenta de que siempre estuvo presente, allí es donde debemos recordar que ese dolor es parte de un proceso en el que las manos de Dios van dando forma a nuestra vida, a nuestro corazón.

 

Se nos olvida que Dios al que ama, lo disciplina, como un padre a su hijo, se nos olvida que un atleta se va desarrollando a medida del esfuerzo y el dolor de su musculatura. Se nos olvida mirar atrás y agradecer los procesos sucedidos en cada pasaje de nuestro existir, que aquello responde al cumplimiento de palabras que recibimos antes de que el tiempo fuera tiempo, en la eternidad.

 

¿Cómo poder sonreír ante el dolor? ¿Cómo esquivar la amargura y el desencanto? Estas preguntas no las puedo responder, pero si existe la certeza, la firmeza inquebrantable de mirar el horizonte, a veces no me explico en estos años cómo estoy de pie, me he caído y tenido que volverme a levantar. No me explico cómo, pero sigo persistiendo, sé que es Dios mismo sosteniéndome de su mano, porque Él persiste y persiste en nuestra vida, hasta que se cumplan sus palabras, y aunque nos resistimos al dolor, sabe que podemos traspasar esos límites. Si hasta su propio Hijo, tuvo que soportar el dolor y humillarse hasta el máximo, entendiendo que de Él vendría nuestra anhelada libertad.

Mira más allá del presente, el débil dirá “fuerte soy”.

 

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