LA LIGEREZA DE UNA PLUMA AL VIENTO

A lo largo de toda nuestra vida, adquirimos experiencias y patrones de pensamiento y comportamiento, que sumado a la herencia genética se van imprimiendo en nuestro corazón y por reflejo van tocando las “notas musicales” de nuestro caminar, todo lo que hacemos procede del reflejo de lo que dejamos escribir dentro nuestro. Sin embargo, el patrón, diría yo, más recurrente, es uno de los “fundamentos” que a nivel global ha conformado en gran medida, la arquitectura de este mundo (cuando digo mundo, no es lo mismo que planeta tierra). Cada pensamiento de los habitantes de una ciudad, han conformado la misma, y por eso es que este “fundamento” (creencia) se ha hecho medular en su conformación. Me refiero al orgullo.

 

Cuando ves a las ciudades del mundo, puedes ver las casas, los barrios, los grandes edificios y las empresas, ves también a las personas por las calles y en los comercios, puedes visualizar un punto en común. Todos quieren ser más o mayor que el otro, todos se visten por aparentar más, la mejor marca, el mejor diseño, o lo más reciente en tendencia. Te puedes explicar el aumento del parque automotriz urbano, incluso su colapso en ciudades como Santiago de Chile, y no es que se deba a la mayor necesidad por transportarse, sino que el mayor aumento en la venta automotriz, es a causa de los nuevos modelos recién estrenados. Ves en Santiago, edificios como el Titanium, erguidos como diciendo “aquí estoy”. En fin, todos queriendo ser más que alguien.

 

Ahora bien, desde un punto de vista más personal, ¿Cuándo fue la última vez que te dejaste enseñar por alguien?, y más aún cuando ese alguien tiene menos edad que tú. ¿Hace cuánto que no te dejas nutrir por la experiencia o sabiduría de otro? Estamos en una sociedad que no tiene por costumbre honrar a sus Padres, y que menosprecia a sus ancianos. Hoy somos menos enseñables que antes, menospreciamos gratuitamente a otros, le decimos intolerante al que simplemente piensa diferente a nosotros.

 

Pude gracias a Dios, comprender al orgullo como un peso, y pude entender, que si me quitaba este gran peso, realmente podría descansar, al entender que realmente no necesito ser más o mayores que otros, pues Dios ya puso bastante riqueza en mí, y la quiero compartir con otros, entendí que quiero volver a ser como un niño, a tener esa ligereza y espontaneidad de volver a creer, a tener la sencillez de volver a las cosas esenciales, pues nada externo finalmente me podré llevar de esta tierra, sólo las experiencias que Dios me regala en esas cosas maravillosamente sencillas.

 

No te hablo de una quimera, de un idealismo, o una utopía, soy de los que cree que realmente se puede cambiar el mundo, porque el Cristo, realmente lo cambió y para siempre, y lo primero que habló fue “cambien su forma de pensar”.

 

Cuando somos sencillos, enseñables, entendemos que la humildad no es torpeza ni debilidad, sino fortaleza, y que incluso la debilidad, cuando tu sustento realmente es Cristo, se vuelve tu mayor fortaleza, porque Él es fuerte por ti.

 

Desata ese horrible peso, hay una riqueza enorme de fe, sabiduría, y sobre todo de amor, esperando por aquellos que son humildes, descansa y vas a escuchar esas palabras que te dieron forma, no en este mundo, sino mucho antes de que este mundo fuese.

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