REFLEXION: COPIAPO UNA VEZ MAS SE LEVANTA DICIENDO A CHILE: ¡HAY VIDA, HAY ESPERANZA!

 

 

En la ciudad de Copiapó, estábamos viviendo una gran sequía, más de 12 años sin lluvias y el rio seco por casi 15 años. La situación hidrográfica en la zona había llegado a niveles catastróficos. Las pocas reservas de aguas y las napas subterráneas habían sido consumidas por las grandes mineras de la zona y por las escasas empresas agrícolas que aun sobreviven.

Como iglesia en la ciudad habíamos comenzado a levantar un clamor por Copiapó y algo extraordinario ocurrió en el año 2009 cuando un grupo de jóvenes de Reino comenzaron una movilización de evangelismo a nivel nacional, llamada MOU. En esa oportunidad los jóvenes que venían desde Santiago y otras ciudades a realizar el operativo en Copiapó, se unieron en un gran clamor, lo que provocó que se soltara una lluvia en la ciudad, señal de que Dios tenía en su corazón a Copiapó y que lo sacaría de ser un territorio desolado y olvidado a ser conocido como una tierra de Vida y Esperanza, cosa que se confirmó al año siguiente, con el gran acontecimiento de los 33 mineros.

Con todo lo anterior, las lluvias seguían escaseando en la ciudad y la situación hidrográfica en la zona seguía en crisis. No obstante, el boom económico y la gran actividad minera generó muchos puestos de trabajo pero también trajo esclavitud, subyugación laboral, familias separadas, avaricia, egoísmo, apatía, ambición.

Sabíamos que el Señor en algún momento juzgaría el corazón y la conciencia de la ciudad, ya que Copiapó tiene un diseño espiritual muy particular para la nación por ser la ciudad primogénita, lugar por donde históricamente ingresaron los españoles junto con Diego de Almagro para tomar posesión del territorio de Chile.

En el año 2014 en el mes de Octubre el Señor nos llevó a realizar una intercesión en la Región, viajando y orando específicamente por las ciudades de Diego de Almagro, El Salvador, El Salado, Chañaral, donde el Señor nos mostró una grieta que unía esa ruta. Tiempo después entendimos que esa grieta representaba la línea férrea usada históricamente para el traslado de mineral y cómo la minería, aunque generó un auge económico, atrapó generaciones, dejando ciudades hundidas espiritualmente.

Los días previos al 23 de Marzo, fecha en que ocurrieron los aluviones en Atacama, se habían anunciado lluvias, pero nunca dimensionamos lo que habría de venir. El día 22 de Marzo llovió en Copiapó, pero la lluvia, aunque fue bastante, no causó mayores problemas, toda la gente estaba muy feliz ya que el río de Copiapó apareció de la nada y era un verdadero milagro, después de tanta sequía. Los niños jugaban en la orilla del rio, las familias salieron a sacar fotos, grabar videos, era una fiesta que se vivía en la ciudad.

Toda esa noche del día 22 al 23 de Marzo, llovió intensamente. Al levantarnos en la mañana, encendimos el televisor y nos enteramos de los primeros estragos que había causado la lluvia. Gracias a Dios vivimos junto a mi familia en un sector de la ciudad donde no sufrimos las inundaciones. Nos enteramos que habían bajado las quebradas de Paipote y Puquios, inmediatamente dimensioné los daños que podrían ocurrir ya que conozco esos sectores y recordé que hay muchos relaves (desechos de minerales y contaminantes) como también basurales.

 Posteriormente nos enteramos que los aluviones habían afectado gran parte de la ciudad de Copiapó, los poblados de Tierra Amarrilla, Paipote, Los Loros, San Antonio, como también otras ciudades de la región, Diego de Almagro, El Salado, Chañaral. Comprendimos con mi esposa que Dios estaba juzgando la región.

Con todo lo trágico que estaba ocurriendo, los noticiarios y los pronósticos del tiempo anunciaban que la noche del 23 al 24 de marzo caería 40 mm. Mas de agua, eso sería catastrófico, ya que hasta el 23 de Marzo habían caído cerca de 30 mm, por lo cual el daño sería el doble. Carabineros, bomberos y diferentes entidades de gobierno pasaron por las calles previniendo a la población para dejar sus pertenencias y desalojar las casas. Recibimos un mandato del Señor de no dejar nuestro hogar. Los noticiarios eran lapidarios y la tragedia inminente. Nos reunimos todos nuestros familiares en nuestra casa, aunque preparados con nuestros bolsos, intentamos calmar a nuestros seres queridos y esperar lo que nos dijera el Señor.

Junto a mi esposa, entramos en oración preguntándole al Padre lo que debíamos hacer y que nosotros confiábamos en su amor y misericordia y que aunque sabíamos que lo que estaba ocurriendo era un juicio que venía de parte de él, no era un juicio para exterminio, sino para limpieza y pureza de nuestra ciudad, por lo cual el Señor nos dijo que él detendría la lluvia y que descansáremos en él. Fue así como sorprendentemente las lluvias se detuvieron y no hubo más agua.

Al día siguiente los meteorólogos no se explicaban que había sucedido con el frente de mal tiempo que venía, pero nosotros si sabíamos lo que el Padre estaba haciendo.

Los días que siguieron, pude palpar en carne propia la desolación, la humillación, el barro tragándose vehículos, camionetas, maquinarías, las plazas arrasadas por una horda de barro y lodo, las bancas de las plazas no se visualizaban ya que estaban tapadas por el barro. El centro de la ciudad intransitable, centros comerciales, tiendas, restaurantes, oficinas, bancos, todo absolutamente todo inundado en barro. Familias perdidas, gente siendo arrastrada por las corrientes de agua y barro, las estadísticas de muertos y desaparecidos aumentaba. Recuerdo una escena muy fuerte, cuando subimos a la localidad de los loros a entregar ayuda, vecinos y apoderados del sector se me acercaron llorando contándome de que habían encontrado un bebe de 8 meses muerto y de sus familias no sabían nada, por lo cual se presumía que todos habían quedado enterrados en el barro.

Mi alma comenzó a entristecerse profundamente por todo lo que experimentaba en ese momento. Recordé el pasaje de Nehemías cuando se enteró de Jerusalén y cómo la ciudad había quedado en gran mal y afrenta y el muro derribado y sus puertas quemadas a fuego. Pude percibir la intensidad de ese pasaje de las escrituras y lloré mucho. Recorría las calles en un vehículo que creo fue el instrumento y la herramienta que Dios me dio para justamente utilizarlo en estas circunstancias, mientras recorría sólo corrían lagrimas por mis mejillas e intentaba ayudar a la gente que estaba atrapada en el barro tratando de llegar sus lugares de destino. Observaba el rostro de la gente, cabizbajos, con sus cabezas agachadas para ver donde pisaban, en silencio, muy pocos conversaban, sentía como la humillación del barro, la impotencia, trastocaba el espíritu de la gente. Por las calles cuadrillas de gente sacando el barro de las casas, los patios, los parques, diciendo de alguna manera "no queremos el barro, sacamos la iniquidad, el barro del orgullo, de la avaricia, de la soberbia" . Fueron días desoladores, tristes pero también de mucho trabajo. Dios permitió que una empresa de la zona contratara mis servicios de movilización, se trataba de la empresa  eléctrica Atacama (EMELAT), encargada de llevar la electricidad y luz a la ciudad. Al comentarle a mi esposa de esta nueva contratación, ella me dijo TU ERES LUZ POR LO TANTO TIENES LA AUTORIDAD PARA RESTAURAR LA LUZ EN LA CIUDAD.

Fue necesario entrar en el consuelo del Padre y recibir las fuerzas y el amor incondicional de amigos y hermanos que lo dejaron todo en sus ciudades para venir en ayuda no sólo a nuestra familia sino a entregarse por la ciudad y nación, amigos de Santiago, Concepción, Antofagasta fueron realmente los "Bernabé", quienes nos abrazaron y levantaron no solo nuestros brazos, sino los brazos de la ciudad.

 Hoy la ciudad se está levantado, las familias se están uniendo, la gente cooperando y reconociendo muchos que Dios guardó nuestra ciudad y región. Dios ha abierto nuevamente una dimensión de Esperanza, de dependencia en él. La iglesia de la ciudad poco a poco despierta para posicionarse en su función de gobernar. Nos estamos levantando del polvo, de lo terrenal, de la muerte y estamos elevándonos a las dimensiones de resurrección, de eternidad, de vida, de esperanza. Dios blindó y levantó un cerco de protección a nuestra región frente a los temporales acontecidos en el mes de Agosto y sólo ha venido una lluvia suave, leve que ha venido a limpiar los arboles, las calles, las plazas de nuestra ciudad. En el mes de Agosto,  mes 8, mes en que se estrenó la película de los 33 mineros, es el REINICIO de la Esperanza, donde Copiapó una vez más se levanta como primogénito diciendo a Chile que hay VIDA Y ESPERANZA.

 

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