ACTUALIDAD: EL CHILENO, UNA IDENTIDAD ESCONDIDA EN LA APARIENCIA.

 

 

Aún recuerdo cuando iba en la  secundaria, y de vez en cuando me sentaba en las bancas del metro, sólo para observar a las personas que se desplazaban por el lugar. Me hacía preguntas respecto al por qué de su forma de caminar, vestir, hablar, los gestos de sus rostros, y un montón de comportamientos más. Siempre tuve ese interés por observar a la gente, y aumentó más cuando entré a la universidad a estudiar psicología.

En este tiempo, aprendí, además de “ayudar a la gente” y llenarme de teorías, a observar y a comprender las lógicas de pensamiento de las personas, sus cosmovisiones, y cómo influyen en sus conductas. Y a partir de ello percibir las consecuencias de estas lógicas a nivel cultural y/o idiosincrático. Pero todo desde un entendimiento que venía de mi relación y trato con el Padre. Entonces, pasado el tiempo, todas las preguntas que me planteaba en aquellas bancas del metro sobre la gente, rebotaron en mi interior, inquietándome a buscar respuestas menos superfluas. Y, como un espejo frente de mí, escuchaba una pregunta que resumía muchas de las interrogantes que me hacía de los demás, pero que se dirigió a mí: ¿Por qué haces lo que haces?

Esta pregunta despertó un interés en mí por pesar las motivaciones que están detrás de mis acciones. Y me di cuenta que muchas de ellas no eran correctas, sino egoístas y llenas de temor. Lo más incómodo fue saber que estaban instaladas en mi forma de socializar y se mostraban en cada ámbito de mi vida: familia, universidad, trabajo, iglesia, etc. Tomé la decisión de erradicarlas.

¿Temor a lo verdadero?

Me sorprendí al darme cuenta de las razones que influyeron en mí actuar, sin embargo, a mis compañeros de universidad, trabajo, y alguna gente cristiana parecía no hacerle problema el actuar egoístamente, tratar de impresionar a otros, aparentar una falsa imagen o el competir por ser el mejor, como si fuese un hábito instaurado inconscientemente.

Recuerdo a mis compañeros de universidad mintiendo y copiando, arreglando las correcciones de un examen para sacar una buena nota. Otros con buen promedio que al recibir una calificación te preguntan: ¿Cómo te fue? Y ver que se alegran al saber que les fue mejor que a ti. O cuando te va mejor a ti, una risa  forzada se dibuja en sus rostros. En el trabajo, compañeros que cambiaban su forma de ser contigo porque te iba mejor que a ellos, o porque el cliente prefería atenderse contigo. O ser testigo de cómo alguien habla mal de otra persona que conoces, pero cuando estos dos están juntos es como si no hubiese pasado nada entre ellos. El adornar excesivamente las palabras por temor a hacer un comentario de forma directa, y que no sea bien recibido. Decir sí a compromisos que sabes que no cumplirás, con el fin de quedar bien, en el momento, con la persona que te invitó.

Estas, y muchas más conductas, son las que es posible encontrarse actualmente en gran parte de los ámbitos en que nos desenvolvemos, y aunque parecen todas muy distintas las unas con las otras, tienen algo en común, y que es transversal a todas las conductas mencionadas, es una idea que ha sido reiterada y reforzada en la conciencia social a través de los medios de comunicación: “El yo debe sobrevivir por medio de la apariencia y el placer inmediato”.

 

Gran parte de los chilenos ha sido esclavo de un sistema de apariencia que busca proteger al YO de todo aquello que le produzca sentimientos desagradables. Un sistema de pensamiento basado en la supervivencia individual y la pretensión de ser inmune a todo dolor y sufrimiento siempre, por tanto se buscan placeres inmediatos. Esto se refleja en esa tendencia del chileno a buscar gratificaciones individuales aunque eso implique “pisotear” al de al lado sin pensar en las consecuencias, combinada con el afán de buscar aceptación de la mayor gente posible y evitar el rechazo de los demás a más no poder.

Por el placer inmediato, el chileno promedio se endeuda, derrocha el dinero innecesariamente, descuida responsabilidades, deja proyectos inconclusos. Satisface sus inquietudes momentáneas. Escapa del dolor porque lo encuentra nocivo para su vida, para su reputación, lo hace sentirse débil y vulnerable al “pisoteo” de otro, al rechazo de la gente que le rodea, a no ser que le convenga sentirse vulnerable. No es directo para decir las cosas, porque teme a la discusión, teme a la incomodidad que implica no tener la razón o no sentirse aprobado por lo que piensa, se construye una imagen que le permita verse infalible y reconocido. Te sonríe cuando en realidad no está de acuerdo. Teme a ser genuino, porque se corre el riesgo de no ser aceptado, todo aquello que implique un riesgo para su imagen debe ser evitado. Teme a preguntarse ¿Por qué hago lo que hago? Pues implica encontrarse con motivaciones que sabe que no son correctas, y enterarse es incómodo.

 

Mientras prefiramos nuestra comodidad y razón por sobre la VERDAD y lo genuino, seguiremos siendo esclavos de nuestro vacío y temeroso Ego, y sin darnos cuenta descuidaremos lo que de verdad importa. Pero si buscamos la Verdad, la Verdad nos hará libres de toda apariencia, ansiedad de supervivencia y cansancio innecesario.

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