CRISIS EN CHILE: RE-PENSANDO LOS RENUEVOS

 

Cada día se vuelve más evidente la crisis por  la que pasa nuestro país.  Parecen ya típico, ir por la calle y encontrarse con un puesto de periódicos y no leer frases como “corrupción en Chile”, o  “crisis en la política”. Sin embargo y como ya lo han podido leer a lo largo de las publicaciones en este medio, la crisis en Chile no es algo de algunos meses, sino más bien era algo que ocurría de forma silenciosa, buscando tapar grandes problemas debajo de una alfombra. Pero algo es muy claro, el actual conflicto político-económico por que atraviesa nuestra sociedad chilena, puede significar una ventana de oportunidad hacia un cambio en probidad, transparencia, mayor rigurosidad en las normativas. Lo esperable que este el cambio sea algo real y no quede en puros dichos. El examinar los caminos o los pasos de una nación debe ser algo continuo. Y tomándome de esto último, es que quisiera hacer un paréntesis, en medio de esta oleada de dichos, de frases, de programas que comentan la “contingencia” (como si otros hechos no lo fueran también)  nacional. La crisis moral de  la clase dirigente, no es algo que comenzó con una serie de decisiones erradas en dos o hasta cinco años atrás, más bien podría responder a una cultura chilena que ha transado sus valores y principios, por obtener mayores beneficios sin el esfuerzo que ello amerita, sin la forma de ganarse el sustento de forma honrada. Sabemos que la enseñanza de los valores, es un espacio de formación que inicia en el seno familiar pero que se verá confrontado o probado al salir a la vida social. Por lo tanto si necesitamos reforzar nuestros estándares de ética es imprescindible mirar cómo estamos edificando desde la niñez.

 

Tal vez hoy las noticias de menores en la televisión se concentran en su  mayoría en casos de abuso sexual, de embarazo no deseado, de enfermedades complejas y delitos. Creo que esas no son los tópicos de noticias que todos quisiéramos leer cuando se anuncia la vida de un menor, más bien, oír de sus logros, progresos, etc.  Pero en necesario insistir que el progreso de una nación no se construye solo con personas adultas, con algún título que le de poder para tomar decisiones. Una prueba de esto, es lo que ocurre en las guerrillas tanto en África, Colombia y otros países, donde tenemos una milicia formada en su gran mayoría por menores, que luego de ser entrenados y obligados a dar muerte a sus padres, deberán iniciar una carrera por las armas por una lucha que ni siquiera les compete a ellos, donde nunca le preguntaron si estaban o no de acuerdo con los ideales. Tal  vez el ejemplo sea muy extremo, pero no es muy diferente a la realidad de nuestro país. Las protestas estudiantiles,  más allá del acuerdo o desacuerdo en las formas en que se ha desarrollado o manifestado, es la demostración del hastío de una generación que ha sido obligada a perpetuar un sistema que sigue segregando a sus familias, que ha tomado la fuerza de sus  padres y ha obligado a sus hijos volverse deudores para poder iniciar una formación superior. Por otro lado, tenemos la reincidencia de delitos en menores de edad, víctimas de este mismo sistema esclavista, que va más allá de culpar o no al Estado, como ente regulador o normativo.  La rebelión nunca viene sin causa, le antecede un daño profundo al alma, que si no se resuelve a tiempo da a luz mayores niveles de destrucción. ¿Cuál es la solución entonces? ¿Seguir creando leyes, decretos, institucionalidad? , las leyes ayudan y mucho, ellas permiten condicionar la conducta de la sociedad al poner imperativos, restricciones o dar libertades, en cierta medida contribuyen a la formación cultural, pero dejar en manos de la ley toda la responsabilidad, es la vez, irresponsable.

 

La niñez es una etapa de un desarrollo exponencial de la persona, un crecimiento potente en todas sus dimensiones, sin embargo la fuerza de cada proceso no deja que este sea tratando con delicadeza. Teniendo esto presente, y al observar la realidad en Chile, vemos que no ha existido un correcto desarrollo al menos, por dar un ejemplo, en legislación para los menores. Es así como en materia de niñez en Chile, hay un acuerdo amplio desde distintos sectores, gobierno, sociedad civil, Naciones Unidas, etc., de  depositar una gran confianza en la creación de una ley general de infancia y adolescencia, donde  se podrá mejorar el trato hacia los menores y por lo tanto garantizar sus “derechos”, que a su vez son una creación o paradigma de bienestar humano que obliga a los Estado para mejorar y proteger la dignidad social. Según la declaración Universidad de Derechos del Niño, existen tres grupos de derechos, de participación, de protección y provisión. Chile a lo largo de estos más de 20 años, después de la ratificación de este pacto internacional, ha logrado responder en cierta medida a los derechos de provisión en salud, educación, vivienda, etc. Y en cuanto protección digamos, el mayor porcentaje se ha estructurado en torno a SENAME, institución duramente cuestionada. En participación de los niños frente a las temáticas que le atañen, solo se ha estado materializando hace unos pocos años y aún con muchas falencias. Pero pese a todo este desorden en derechos del niño, es importante esclarecer  que reducir  la vida de los niños a “derechos” es un error. Las personas son más que sus derechos o mejor dicho, más que el paradigma de los derechos humanos o desarrollo humano. La dignidad de una persona, de un niño, va más allá de discutir por estatutos, acuerdos nacionales, ideologías. Prueba de ello es la discusión de la ley de aborto terapéutico en Chile, donde el derecho de un grupo de mujeres es mayor que al de menores en gestación y aún no gestados. Es decir, aún en materia de derechos humanos existe un gran sesgo. Queremos luchar por los niños y sus derechos, siempre y cuando ellos estén fuera del vientre materno, pero los olvidamos cuando son nonatos. Estas incoherencias, son más que errores de apreciación y demuestra la diferencia de “éticas” en la vida de las personas. Hablar de niñez en Chile, como hablar hoy de política y economía, es hablar de injusticias, de sesgos en dictámenes, de olvidar prioridades y apoyarse en un discurso políticamente correcto, pero carente de realidad. Y si no somos capaces de proveer un sano crecimiento, equitativo, justo para los niños ¿qué podremos esperar del resto de la sociedad? Por ello es necesario, que a la luz de la crisis actual, logremos re pensar los cánones de nuestra sociedad y no solo esperar posicionar en el debate nacional la injusticias y deudas con los niños y jóvenes, como un grupo exclusivo, sino sumar además, las necesidades con sus padres y familiares y con ello reunir a la sociedad en su conjunto. Pero un debate, que no alimente la rebelión, sino que invite a pensar los fundamentos de Chile.

 

La injusticia ha llegado a niveles muy altos, y lo más seguro es que sigan saliendo muchas más cosas a la luz, lo cual si bien es doloroso y vergonzoso, es algo que necesitamos. No podemos continuar guiando o produciendo trabajo para un país que engaña, que no es capaz de decir “me equivoqué” para encontrar en humildad una solución. Posicionar y rescatar la dignidad de una persona o niño, es una tarea que debe ser llevada en su conjunto. La ética ayuda mucho, para revisar nuestras relaciones de vida, los estándares de justicia en el corazón. Pero es necesario ir más profundo  y ver en el ethos social, en la identidad del chileno. Hacer esta introspección es necesaria para develar nuestros principios y fundamentos como cultura, entresacar lo precioso de lo vil, para edificar un mayor país, donde niños, jóvenes, adultos, ancianos puedan avanzar por Chile, tal vez cometiendo errores, porque el aprendizaje es continuo, pero con la valentía de humillarse y luego arrepentirse para generar cambios reales, genuinos, o estructurales como se suele decir. Por que estar en medio de una crisis, nos hace soñar con las soluciones, nos hace dibujar los nuevos caminos, despierta la capacidad creativa y si sumamos a ello un corazón dispuesto, apartado de esta atmósfera corrupta, de estas deudas sociales, y que en amor busca traer ideas firmes, logrará sustentar a  muchas generaciones. 

 

Sembremos esta capacidad de soñar, característica de personas libres, en los niños, para que participen en espacios de creación de soluciones. Su corazón joven, es preciado por su capacidad de ser moldeado una y otra vez. Enseñar a nuestros niños a pensar creativamente guardando principios de justicia, será el mejor legado que podremos dejar a nuestra nación, que ha cansado de ser guiada por iconos de paradigmas que ya fracasaron. La pureza de corazón, hoy en nuestro país, es un gran insumo, un bien preciado y escaso, pero de gran efecto para edificar a una  nación. Solucionar problemas de probidad, de leyes para jóvenes, o en economía, no es algo que se resuelva de la noche a la mañana, ni de un año a otro. Una cultura se construye con tiempo. Por esto es importante que aun cuando el gobierno realice anuncios, ya sea para infancia, etc. hay que estar conscientes que el trabajo podrá comenzar con un anuncio protocolar, pero que necesitará un esfuerzo de décadas. Por ello, los que hoy se animan a soñar y a crear soluciones, tomarán una responsabilidad para levantar escombros de muchas generaciones, reconstruir ciudades, levantar hogares. El trabajo es arduo y solo se podrá sostener con amor, el motor que impulsa la vida de las personas.

 

Trabajar para los niños o las generaciones más jóvenes, es accionar en la esperanza. Es una tarea de largo plazo, pero cuyos frutos serán reales y efectivos. Podemos quedarnos en el discurso de la autoflagelación por la vulneración de los derechos de los niños o subir de esta atmósfera de descontento y rebelión y repensar a los renuevos de nuestro chile. Así como vemos en las calles, menores manifestarse por el descontento e impulsar reformas, que terminan en más conflictos, podemos formar a jóvenes para impulsar reformas desde una mente creativa, encontrando caminos que no habían subido a corazón de hombre, pero preparados para aquellos que prefirieron humillarse y trabajar, tal vez desde el silencio, pero sin mezclar su voz con la rebeldía y odio, y con ello saber actuar en justicia, dando en el blanco a problemas crónicos. Eso es sabiduría, eso es fe activa y amor genuino.

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