CHILE: EL PROBLEMA NO ES LA CONSTITUCION

08/10/2014

Por Gabril Muñoz

Director del Depto. de Formaciòn del CLP, Oikonomos

 

Hay algunos presidenciables que tratan la Constitución como un elemento que efectivamente necesita perfeccionarse pero, en ningún caso, existe la posibilidad de aventurarse en un sistema novedoso, cuyo funcionamiento ha fracasado donde se ha tratado de aplicar. Asimismo, desde otro punto del debate se establece la necesidad de atreverse pero no ‘atarantarse’ ante la necesidad de substituir la Carta Magna y también otras declaraciones dicen que estamos frente a una ‘trampa constitucional’. La contraparte hacer notar que nuestra Constitución está heredada por la dictadura y no responde a los ideales de un pueblo libre. La voz se levanta en otra arista para decir que la idea de una Asamblea Constituyente es para nada descartable y, de hecho, ya hay quien está trabajando en un ‘nuevo texto’.

Sin ser abogado ni un asiduo estudioso de la ley, soy un ciudadano que intenta conocer parte de la inmensa y vasta lista de leyes y artículos que rigen y juzgan nuestras conductas como buenas o malas, que nos circunscriben a una forma determinada de vivir políticamente. Quiero entender para qué necesitamos una nueva constitución y qué tanto seríamos todos iguales ante ella, de forma justa y sin beneficiar solo a pequeños sectores sociales agrupados políticamente como minorías.

 

He intentado investigar, durante largas horas, todo este novedoso imaginario que, al parecer, está siendo recibido como juguete nuevo. “¡Una nueva constitución! ¡Con más derechos! ¡Más oportunidades! ¡Más igualdad!” es la corriente que está fluyendo en estos días. Sin duda, esta voz ha venido abriéndose paso desde intentos como el AVP, Ley Zamudio, campañas en defensa del aborto, legalización de la píldora del día después e incluso mucho antes, en pos de una ‘sociedad moderna’. Esta voz ha venido hablándole al sistema sobre la ‘necesidad’ de un cambio, pero debemos saber discernir cuál es la voz que aconseja a nuestro sistema, pues si un cambio traerá más perversión e injusticia, sería una involución no muy aconsejable, amigos ciudadanos.

 

Sí, es cierto, hay cosas que necesitan y pueden mejorar, pero tampoco una revolución de ideas controversiales sería lo mejor: no debemos estar abiertos a recibir ideas de una ‘modernidad’ donde todos los planteamientos se junten y se mezclen sincréticamente, para llevarnos a una vida desprovista de propósito más que la constante y superficial búsqueda del tan anhelado ‘cambio’. Bien lo dice Marshall Berman al describir la modernidad como “una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia” donde, al estar dentro de una corriente que siembra semillas de corrupción y rebelión constantemente, nos damos cuenta de cómo la sociedad se sumerge en ciclos de destrucción ideológica, constitucional y espiritual. Sin duda alguna, necesitamos gobernantes con un corazón justo y entendidos en las corrientes que mueven la nación, cuáles edifican y cuáles destruyen.

 

“Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos propone aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos” (Berman); esta manera de vivir, sin duda, se avoca a lo superficial de la cultura, sin ahondar en los verdaderos cimientos que la sostienen. Hoy en día, la mayor parte de las ofertas primarias apuntan a la superficialidad del país, aun los cambios propuestos ligeramente en la constitución atacan aspectos superficiales, que podrán cambiar la forma, pero no la sustancia de lo que realmente necesita cambiar en el espíritu de la sociedad. En el debate presidencial del 89’, Hernán Pretch decía: “Las palabras en política comienzan a ser usadas para fines de generar una imagen en la opinión pública”, lo cual es justamente lo ocurrido hasta hoy, sin la real preocupación de hacer política para la polis, sino que para llevar a cabo los propios intereses.

 

Esta es una voz de cambio que se ha levantado con mucha fuerza y tal vez no tenga efectos en este año o en el próximo, pero ya es una semilla que se ha sembrado en el corazón de la ciudad y querrá dar frutos lo antes posible, abriendo paso a la ‘igualdad’ y la ‘justicia’ como conceptos que disfrazan la perversión, la muerte y la total independencia de las raíces cristianas de la nación. No necesitamos un nuevo texto, sí tal vez regular algunas cosas, pero definitivamente el problema no radica en la Constitución ni en las Leyes, sino en el corazón de los hombres. De la abundancia de nuestro corazón habla nuestra boca y los candidatos de primarias reflejan demasiado en sus discursos infantiles sobre pertenencia de ideas, ironías, peleas absurdas que no llevan sino al desprestigio del otro y elucubraciones nefastas para nuestra nación, tales como una pronta intervención militar. Necesitamos ministros con corazones llenos de justicia que se entreguen al servicio en la ciudad, aquellos que busquen un cambio hacia el cimiento correcto y no que vayan buscando la corriente que más les convenga seguir, tan solo en ese instante, podremos hablar de cambiar las palabras que nos constituyen como nación.

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