CULTURA E IDENTIDAD: CÓMO FORMAR LA COMUNIDAD A TRAVÉS DEL ‘SER’

12/07/2014

Por Gabriel Muñoz - Oikonomos

 

Estoy seguro que una de las primeras cosas que se nos vienen a la memoria cuando usamos el concepto de cultura es “culto”, puesto que nos han enseñado que toda cultura proviene de este, ya que todo culto manifiesta una cultura. ¿Qué es un culto? La Real Academia lo define como un “conjunto de ritos y ceremonias litúrgicas con que se tributa homenaje”. Es una instancia en que actuamos dirigidos por una motivación, la cual está reflejada a través de un altar, sea esto consciente o no. Sin duda, pertenecer a una cultura nos hace pensar que poseemos una identidad y que somos lo que la cultura en la que estamos inmersos dice de nosotros.

 

Vemos, por ejemplo, cómo el indígena tiene un dios, al cual levanta un altar, donde cada cierto tiempo establece un ritual y ceremonias de sacrificio, convirtiendo este reiterado acto en un culto. Esto es repetido por los demás integrantes de la comunidad, con un orden establecido y con jerarquías determinadas, cultivándose una identidad en el pueblo: ellos “son así”. Ahora bien, la cultura no es solo el sacrificio, sino todo. Desde la vestimenta, la comida, la forma de luchar, de hacer leyes y todo lo que gira en torno a su divinidad o a la ausencia de esta. Día a día, generación tras generación, el cultivo de la semilla que plantan en cada acto florece y se arraiga manifestando una identidad del pueblo.

 

Miremos también a una familia que tiene un dios llamado mamón, que va al supermercado y por no llevar fideos de una reconocida marca a un valor de $690.-, prefiere llevar fideos de una marca alternativa que tienen un valor de $629.-. Hace lo mismo con la mayonesa, con el arroz, las gaseosas, cereales, lácteos, etc. y, luego, sus hijos repiten lo mismo que vieron en sus padres, prefiriendo, por ejemplo, una camisa delgada en la ropa usada a una valor $990.- antes que una camisa nueva y de buena calidad a un precio de $4.990.-. Los hijos de los hijos repiten el mismo patrón y van cultivando ritos y ceremonias en esa generación, más aún, son muchas familias quienes repiten esto dentro de la comunidad, generando una cultura que tiene tal pensamiento, donde no está permitido acceder a ciertas cosas porque sería una aberración al altar de su dios, sea esto consciente o inconscientemente.

 

Agreguemos algunos ejemplos más. Cosas típicas que vemos en el tránsito de nuestras ciudades: peatones cruzando cuando el semáforo ya está en rojo, atravesando a la mitad de las avenidas, pasar con audífonos que transmiten altos decibeles por un cruce ferroviario, adelantar un automóvil cuando la vía no lo permite, fingir dormir para no dar el asiento a la embarazada, vehículos esperando la última milésima de la luz amarilla para cruzar al otro lado de la avenida, tomar y dejar pasajeros en lugares no permitidos, entre muchas otras actitudes que dan cuenta de la cultura propia de un lugar. Son cosas normales con las que convivimos diariamente y, probablemente, al hacer memoria, nos sorprenderemos a nosotros mismos en al menos alguna de estas acciones ¿Por qué? Porque de esa manera fue cultivado en nuestra sociedad: todos los hacen y así lo aprendimos.

 

La cultura influye en la identidad de las personas y las comunidades que estas componen. Pensemos, por ejemplo, en una persona que se hace parte de una comunidad: debe adoptar dicha cultura para corresponder genuinamente a ella, por lo cual la cultura le asimilará formando una identidad en él o ella. Puede ser que haya querido convertirse al islamismo o que haya querido formar parte de una logia masónica, también pudo haberse integrado a un club de hinchas de un determinado equipo de fútbol o haberse unido a un partido político: en todos los casos el individuo se verá imbuido en el conjunto de ritos y ceremonias que se llevan a cabo en cualquiera de los grupos. Alguien podría decir que esa persona “es” de una determinada forma, pero, en realidad, solo es reflejo de la cultura en la que está inmerso y “sería” de otra forma si decidiera cambiarse de un grupo a otro: la forma es cambiante, pero el contenido es siempre el mismo.

 

La cultura tiene muchas y diversas caras en distintos lugares del mundo, pero cada persona nace con un diseño concreto y la cultura no puede impedirle desarrollarlo, sino que esta debe ser instrumento para poder manifestar dicho diseño. Me refiero al hecho de que la cultura puede influir en nuestra identidad, pero, cuando nuestra identidad está firme, es desde ahí donde nace la cultura. Cuando el ser humano no tiene clara su identidad, difícilmente podrá “ser” algo concreto: nacemos con identidad y, estemos en la cultura que sea, esa identidad debe sobreponerse a la masa. Mi identidad define mi cultura, define lo que “soy”. Nadie nace con un rótulo en su cabeza que le designa como “musulmán”, “homosexual”, “evangélico”, “mentiroso”; estas son cuestiones sociales en que el individuo se desarrolla en la medida que su cultura lo enajena de su identidad. Entonces, ¿cuál es la identidad genuina del ser humano?, ¿cómo debería ser la cultura en base a la identidad? La respuesta la hallamos en aquello que Jorge Mario Bergoglio mencionó como una fábula.

 

La rectitud y la justicia que había en el Huerto eran sin duda el modelo perfecto de sociedad, el modelo perfecto de cultura, aun que se ha tratado de imitar tal armonía con ideas literarias como la Utopía o movimientos ideológicos como el comunismo. Las sociedades siempre buscan el bien que alguna vez perdieron o que nunca tuvieron. Recordemos que las primeras ciudades fundadas están motivadas sobre el desorden y la sangre derramada injustamente: “[…] Los mitos fundadores de la ciudad en la Biblia no pueden ser más expresivos; mientras el de Caín designa la violencia[,] el de Babel designa el desorden pero, como el caos, ambos son también aquello a partir de lo cual emerge la sociedad que encuentra forma en la ciudad”, desde esta instancia la comunidad siempre ha anhelado una cultura justa, pero sin éxito, pues la identidad recta del hombre fue arrebatada por la ambición, la codicia y el engaño: gérmenes que se propagan con gran ligereza.

 

La cultura es todo lo que se manifiesta de nuestra identidad como seres individuales y sociales. Si nuestra identidad no tiene parte con la justicia, la cultura es injusta, desordenada y, en poco tiempo, aberrante. Individuos injustos producen una sociedad injusta y absorben a quienes habitan en ella, influyendo sobre estos con injusticia. Pero, nuevamente, el contenido es siempre el mismo, ha sido forjado en justicia y con propósitos justos, la forma injusta es meramente una expresión de algo que no es verdadero. Cuando nuestra identidad se mantiene en justicia, provocamos una cultura justa. Cuando enseñamos a nuestros hijos a decidir en función de la justicia, provocamos generaciones justas y establecemos una cultura que perdura en los tiempos de los tiempos dando paso a una sociedad que vive en rectitud.

 

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