ANSIEDAD, LA ENEMIGA DE NUESTRA ALIMENTACION

 

 

Hoy en día, en medio de mundo acelerado y siempre resolviendo “urgencias”, es posible observar que la ansiedad – una variable psicológica, pero ante todo espiritual – rige la vida de muchas familias y grupos sociales.

Pero ¿qué es la ansiedad? La ansiedad es un estado subjetivo desagradable que, generalmente, está acompañada de inquietud, preocupación, hipervigilancia, tensión y temor; sensaciones que se perciben físicamente, reflejadas en distintos cambios fisiológicos como consecuencia de una activación del sistema nervioso, del sistema endocrino y del sistema inmunológico.

 

Los estados de ansiedad varían según su intensidad, desde una inquietud ligera hasta un terror o pánico. También tienen distintos tipos de duración, desde la angustia de un instante, hasta un estado permanente de excesiva inquietud. La ansiedad es una emoción necesaria para la supervivencia, ya que nos prepara para enfrentar situaciones de peligro o amenaza, sin embargo, cuando pasa de una simple emoción a un estado intenso y permanente, tiene consecuencias negativas en la vida de las personas.

Es importante señalar que, si bien la ansiedad se destaca por su cercanía al miedo, se diferencia de éste en que, mientras el miedo es una perturbación cuyo efecto se manifiesta ante estímulos presentes, la ansiedad se relaciona con la anticipación de peligros futuros, indefinibles e imprevisibles (Marks, 1986).

 

El preocuparnos constantemente del día de mañana y el querer tener el control de lo incontrolable va generando ansiedad, pues, aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas, el mañana no nos pertenece y, aunque dediquemos noches de desvelos pensando en cómo obtener una casa más grande, cómo conseguir un ascenso laboral o cómo obtener más recursos económicos, el angustiarnos por conseguir todas esas cosas, no nos ayudará a obtenerlas más fácilmente.

 

¿Por qué solo hablo de ejemplos a nivel económico? Porque el sistema de este mundo nos pone estándares y falsas necesidades que debiésemos alcanzar a nivel económico, de lo contrario no somos “exitosos” o no somos “bendecidos” y, el caer en este juego o círculo vicioso, el desear y buscar todas estas cosas, provoca ansiedad.

Jesús dijo: “Por eso les digo, no se preocupen por sus vidas, qué comerán o qué beberán; ni por sus cuerpos, qué vestirán. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, sin embargo, El Padre celestial las alimenta. ¿No son ustedes de mucho más valor que ellas? ¿Y quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?”

Lamentablemente, la mayoría de las personas caemos bajo este estilo de vida acelerado, llenos de inquietudes y con excesivas preocupaciones, el cual, muchas veces, nos conduce a experimentar una vida completamente disfuncional a nivel individual, familiar, social y laboral.

El vivir una vida llena de ansiedad, nos trae como consecuencia no ocuparnos de las cosas importantes. ¿A qué me refiero con esto?, que, al estar tan pendientes de producir, de realizar todo en poco tiempo y de correr para todos lados, hemos descuidado mucho un ámbito transcendental como lo es la alimentación, el cual tiene una correlación directa con nuestra salud: “eres lo que comes”.

 

Actualmente valoramos las cosas rápidas y esto ha permeado nuestra cultura de alimentación, pues no nos damos el tiempo de sentarnos a comer tranquila y equilibradamente, sino al contrario, se piensa que el comer es una pérdida de tiempo, por lo cual nos alimentamos con comidas poco saludables que son altas en grasas y azúcares y caemos en hábitos poco saludables que afectan a nuestro propio cuerpo.

 

La pregunta es, si nos dedicamos tanto a nuestros trabajos, a nuestros estudios, a nuestros deberes, ¿por qué no tenemos esta misma dedicación con nuestra propia salud?

Día a día, la ansiedad afecta las vidas de las personas, haciendo que estén angustiadas, nerviosas, estresadas, llenas de temor, sin poder dormir, entre otros, lo cual repercute negativamente en la alimentación, ya que hace buscar refugio en la comida poco saludable, haciendo comer más de lo que el organismo necesita, teniendo la sensación de que eso da placer y “descanso”. Sin embargo, eso es un grave error, porque la comida no puede ser un dios en el cual se encuentre descanso o refugio, sino que debemos en Dios, nuestro Padre, encontrar todas estas cosas, porque Él cuida de nosotros.

 

La ansiedad no se resuelve con echarnos todo lo que pillemos a la boca, sino que se disipa entregándola a Dios, ocupándonos en conocer sus pensamientos y descansando en Él. No les digo que esto es fácil y rápido, pero sí que es un proceso que día a día se tiene que forjar con valentía y esfuerzo.

 

Debemos ser buenos administradores con lo que Dios nos da, en este caso, con nuestra salud, ¿cómo? Alimentándonos sana y equilibradamente, dedicando tiempo a reflexionar en lo que comemos, cambiando hábitos insanos como el saltarse el desayuno o comer apurados, pues el alimentarnos bien es parte de la cultura que debemos dejar como legado a nuestras generaciones. Finalmente, cuidando que la ansiedad no sea un factor negativo sobre nuestra salud.

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