Enseñar a compartir el pez.

En los últimos años he tenido el privilegio de participar en la coordinación de ayuda para gente en necesidad por catástrofes que la nación ha experimentado, desde el terremoto del 2010 en adelante, incendios, aluviones, etc. hemos podido ser parte de diferentes instancias de ayuda y servicios a aquellos que con urgencia lo necesitaban, pero en cada ocasión, la demanda tiende a superar el esfuerzo, ya que ayudar requiere no solo recursos, sino además la comprensión real de la necesidad, que posiblemente se haya estado perpetuando por más de una generación y es mucho más compleja de lo que queremos aceptar.

 

Históricamente la iglesia siempre ha tenido un mandato a los más desvalidos, no solo porque la ley de Moisés dejaba explicita la acción de misericordia con el extranjero, la viuda y el huérfano, sino también porque los profetas hacen mención de la acción social en sus escritos contra las grandes ciudades de su tiempo, demandando menos apatía y más acción como forma de justicia, una justicia real que fuera más allá de la retórica, aun por sobre el ritualismo que debía acercarlos a Dios, Israel tenía el mandato de tener misericordia con los desvalidos.

 

Jesús no revoco esta dimensión de la ley de Dios, como si lo hizo con las leyes de alimentación o dieta, sino que el practico esta esfera de misericordia yendo aún más lejos que la propia ley, no solo se centró en dar dinero a los pobres de aquello que tenía a la mano, sino que busco quebrar el paradigma imperante con referencia a lo que se entendía por misericordia.

 

La parábola del buen samaritano es con frecuencia recitada y repetida tantas veces que pierde a veces fuerza, se le recuerda para hablar de la compasión con el desvalido, de tal manera que a veces perdemos lo confrontante que sonaba dicha historia a los oídos de los contemporáneos de Cristo.

No solo resalta la compasión de un hombre que comprende que cada ser humano es digno de clemencia y ayuda, incluso su enemigo cultural o étnico, también pone al descubierto la apatía de los líderes del momento y de la gente común, que no estaban dispuestos a perder su tiempo para socorrer a otros, para ellos el desahuciado era invisible, para el samaritano fue clara su necesidad y la oportunidad de ayudar.

 

La parábola del buen samaritano es un disparo directo a los paradigmas culturales de lo que es tener misericordia, en cualquier siglo y contexto, el mayor problema del desesperado es ser invisibles al resto de la comunidad, la parábola manifiesta esta costumbre cruel de pasar por alto la necesidad de otros, un golpe al corazón duro y apático, algo que Cristo abordo de forma directa, no solo dando limosnas o haciendo milagros, sino que además apunto a la falta de compasión del corazón y condeno el egoísmo ciego e hipócrita, que a la hora de ayudar, se conforma con el mínimo esfuerzo que calme la propia conciencia, pero que no llena la medida de justicia de Dios, porque no se detiene a mirar para comprender y atender dicha necesidad.

 

La acción social no es lanzar monedas al vaso del desahuciado, no es el simple altruismo impersonal, es una esfera mucho más compleja y directa a la vez, mas humana, valórica y espiritual, que incluye el manejo y distribución eficiente de recursos, la asistencia en el momento oportuno, la administración del tiempo para generar procesos, pero no solo “enseñar a pescar” al que necesita, también enseñar a compartir el pez que se logra tener al resto de la sociedad, no solo ayudar al que necesita, sino que hacer cambios culturales que impidan que otros lleguen a dicho estado y crear una cultura de compasión y responsabilidad.

 

La acción social requiere quitar del ámbito intangible e imperceptible, aquella necesidad que ocurre todos los días, que está cerca de nuestras casas, a pocas personas de nosotros y que se ha vuelto parte del paisaje común de nuestra ciudad.

 

Hoy en día deberíamos recordar ese mensaje potente y sencillo a la vez del samaritano, entender que la acción social es multidimensional, donde hay diferentes ámbitos que abordar, pero que comienza cuando vemos la necesidad y cuando estamos dispuestos a socorrerla y mostrarla en toda su complejidad para que sea entendida y atendida.

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