Prosperar como Prospera tu Alma

Si me hubieran pedido tiempo atrás escribir mi testimonio de como Dios bendice en el área financiera, me hubiera sentido la persona con menos autoridad para hablar de eso.   Hubiera posiblemente hasta sentido vergüenza, porque no había hecho las cosas bien, al contrario. Poco a poco me fui metiendo al mismo sistema que te ofrece felicidad a cambio de cómodas cuotas, pero que termina esclavizándote.  Por el vacío que había en el corazón buscaba llenarlo con cualquier cosa y era muy fácil ceder a las tentaciones de créditos y tarjetas.
 

Recuerdo que mis primeras discusiones matrimoniales fueron a causa del mal manejo de los recursos del hogar.  Y aún me llevó a ocultar y mentir para no ser descubierta pues había malgastado el dinero que estaba destinado para los gastos de la casa, en mis propias, egoístas y falsas "necesidades".  Cuando me quedé sola, llevando el peso de toda la responsabilidad de mi casa y de mis hijos, fue terrible.  No sabía qué hacer, porque siempre descansaba en que otros resolvieran y cubrieran mis necesidades, pero ahora debía ser yo. Por supuesto que seguí cometiendo errores porque el mal hábito ya estaba arraigado en mí.  Y creo que lo peor que me ocurría era culpar a otros por la situación en la que estaba, pero no reconocía que solo era mi responsabilidad.  Y así pasé años, culpando incluso a Dios porque no podía salir de los problemas financieros.

 

Estaba tan ciega, que no podía ver que todas las cosas que hice injustas me habían traído maldición.  Y la mayor era haber puesto en duda la justicia de Dios.  Por años me sentí como en un laberinto sin salida, llorando muchas veces desesperada porque no lograba salir adelante.  Y pasé por muchos procesos, desde culpar a otros, huir de los problemas y hasta querer rendirme y creer que las cosas siempre serian igual. Pasé por momentos en que hasta comprar pan era difícil y muchas veces mis hijos no llevaron colación al colegio.  Y fueron años durísimos en que solo el amor de Dios me sostuvo.

 

Por consiguiente, al ser años en la misma condición, me trajeron amargura y decepción.   Pero cuando decidí creerle a Dios y sus promesas, todo comenzó a cambiar, poco a poco. Lo primero que me ocurrió es que logré ver mi propia responsabilidad de lo que estaba viviendo. Dejé de culpar a otros y de esperar que los demás resolvieran mis problemas. Esto provocó un verdadero arrepentimiento, porque entendí que no podía seguir igual, que tenía que hacer algo.  Pero ése algo no era trabajar el doble de horas para ganar más, era comenzar a hacer las cosas correctas. 

 

Yo no tengo un título universitario y eso en estos tiempos te lleva a depender de un trabajo con un mínimo de sueldo. Pero había un sueño que Dios puso en mi corazón y me fue impulsando hacia él. Hace como dos años levanté un emprendimiento y el primer día de ventas tenía apenas unas cuantas monedas para dar el vuelto.  Luego y con mucho sacrificio invertí en el negocio y por un año tuve que pagar esa inversión en cuotas.  Durante ese tiempo el Señor me fue enseñando muchas cosas.  Lo primero que aprendí fue a ser perseverante.  También aprendí a ser fuerte y valiente, a soportar las dificultades sin huir de ellas.  Lloré muchas veces porque comenzar un negocio no es fácil, menos cuando eres una mujer sola. Unas cuantas veces tuve ganas de renunciar al proyecto, sobre todo cuando no veía los resultados que esperaba.  Y cuando llegaba el fin de la semana, muchas veces tuve que entregar todo lo que había ganado para pagar la cuota.  Con el resto comprar material y me quedaba un mínimo saldo. Y fue entonces que aprendí lo más valioso de éste proceso: Dar.
 

Le daba a Dios en gratitud por todo lo que recibía de Él. Alguna vez había visto y oído que era más dichoso dar que recibir, pero no lo había entendido antes.  Y claro, nosotros nacimos con un corazón egoísta y esperando siempre recibir, pero dar y darnos, es parte de nuestra naturaleza porque Dios nos hizo semejantes a Él.  Pero entenderlo y que el corazón sea transformado es todo un proceso que puede tomar años, como fue mi caso.

 

Sin éste proceso de transformación en el corazón, no puedes avanzar ni recibir lo que Dios ha preparado para ti, porque se perdería.  Es como una fruta que si las cortas del árbol antes de tiempo, pierde su valor, su sabor no es igual y termina perdiéndose.

 

En estos años de transformación en mi corazón aprendí valiosas lecciones que quiero compartirles para animar a quienes al leer esto, se sientan identificados y estén pasando y teniendo las mismas luchas: 

 

1- Necesitamos identificar y reconocer nuestros errores

2- Necesitamos un verdadero arrepentimiento por la mala administración de los recursos, por buscar la solución no en Dios sino en casas comerciales o en personas

3-  Decidir hacer lo correcto, lo justo.  Reparar los errores, pagar lo que debemos, aunque nos tome tiempo. 

3- Necesitamos CREER que Dios nos dio la provisión que necesitamos.

4- Es importante obedecer lo que Dios ponga en el corazón.  A veces te pedirá darlo todo, ayudar a alguien con lo que tienes para probar tu corazón.  Solo obedece.  La dicha de obedecer irá produciendo la trasformación.

5- No te rindas ante las dificultades y sigue adelante con los sueños y proyectos.

6- Reconoce que todo lo que eres y lo que tienes es solo gracias a Dios. La gratitud en tu corazón hacia él te guiará a dar y darte más allá de ti.

7- Guarda tu corazón del egoísmo y la avaricia.  Cuando comiences a ver los frutos de actuar en justicia y fe, NUNCA olvides que todo proviene de Él y es para Él. No es para satisfacer tu ego.

8-Honra al Señor con tus bienes para que te vaya bien.

9-Ten paciencia y espera el tiempo que sea necesario para vivir la libertad financiera que esperas.  Llegará en el tiempo perfecto si has esperado con fe.

 

Espero que mi historia te ayude, te levante para seguir adelante.  Cuando a mí me faltaron las fuerzas clamé a Él y oyó mi clamor y renovó mis fuerzas. Puso a mi alrededor personas valiosas que me impulsaron a seguir, que me corrigieron cuando fue necesario, que me ayudaron a ver que las malas decisiones traen consecuencias inevitablemente. Ellos creyeron en mi más que yo misma. 

Hoy miro hacia atrás sólo para no olvidar lo que aprendí, pero mis ojos están puestos hacia adelante, hacia lo que está ya preparado para mí y mi casa.  He comenzado a experimentar una libertad que no tiene precio.  Mi proyecto crece y las ventas se han multiplicado de maneras sobrenaturales.  Y para ello no necesito trabajar de sol a sol como antes creía, sino amar a Dios con todo mi corazón y obedecer con fe.  Todo lo que él ha dicho para mí lo ha ido haciendo sin faltar nada y ha sido más allá de lo esperado.  Jamás había sentido tanta dicha de pagar una deuda, pero ahora lo hago con entendimiento. Todavía hay mucho que hacer e ir ordenando, pero sé que es paso a paso. Lo importante es que está el firme deseo de hacer lo que es justo y la fe para creer que con Dios todo es posible. 

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