CULTURA EN UNA PALABRA: LA PARTE OSCURA DE LA SOCIEDAD

02/10/2014

Por Centro de Estudios Oikonomos.

www.oikonomos.cl

 

Desde el punto de vista de la gramática, una interjección es una “clase de palabra que expresa alguna impresión súbita o un sentimiento profundo, como asombro, sorpresa, dolor, molestia, amor, etc. Sirve también para apelar al interlocutor, o como fórmula de saludo, despedida, conformidad, etc”[1]. Es decir, este tipo de palabras surgen emocionalmente ante algún factor externo a nosotros. Un claro ejemplo de esto podríamos hallarlo al momento del dolor, cuando alguien martilla su propio dedo; al momento de la frustración, cuando sorpresivamente el equipo contrario metió un gol cuando nadie lo esperaba; entre otras diversas circunstancias.

Hoy en día, hemos catalogado algunas de estas interjecciones como inapropiadas dentro de nuestra cultura. Las llamamos groserías y ofenden a las personas cuando se pronuncian en contra de ellas, tal y cual fueran un agravio. Seguramente, existen palabras en una cultura que, para otra, son simples conceptos o expresiones sin ninguna intensión ofensiva o, incluso, tan ambiguas que carecen de significado, pero que cambian totalmente su connotación al modificar de contexto: “Pendejo”, “Cajeta”, “Ñoco”, “Carajo”, “Nango”, “Babieco”, “Cacorete”[2] [3], entre muchas, muchas otras.

Cada cultura se ha construido en base a palabras que definen su historia. Vemos, por ejemplo, a México y su “chinga tu madre”, ofensa terrible que, en Chile, Uruguay, Brasil o Argentina, entre muchos otros, no tiene mayor sentido. Sin embargo, representa esto parte de la Historia de la nación, en cuanto a la Chingada y la Malinche[4], construyendo un imaginario social en base a la ofensa realizada al país en épocas pasadas.

Conocemos que las palabras no solo conllevan un significado explícito, sino también portan una carga semántica potente y que, en la mayor parte de las ocasiones, sobrelleva, además, una historicidad implícita que recae sobre quien ha sido declarada dicha palabra. Es muy fuerte declarar una ofensa sobre alguien, pues ya sea que estemos enojados, iracundos, confusos, etc., nuestras palabras siguen teniendo el poder de manifestar una realidad en la otra persona.

Callar la boca no es la solución, dejar de escribirlas no es la solución. El que una persona deje de proferir improperios y groserías a otras personas u ofenderlas de “forma elegante” utilizando palabras rebuscadas en sintagmas bien organizados, no implica que la solución se haya encontrado. La pregunta es ¿por qué un ser humano tiene la necesidad de ofender a otro? Probablemente, en una situación determinada, muy pocos recuerdan que ellos también pueden equivocarse y que la culpa no es del martillo que se fue directo al dedo, sino propia.

El que una persona se equivoque no es, en ningún caso, motivo para ofenderla. Mi dolor no responde a ninguna excusa para proferir improperios. El gol del equipo contrario no constituye un aliciente de groserías, así como tampoco lo es cualquier expresión de ‘alegría’. Esté donde esté, con quien sea que esté y sea cual sea el idioma que se hable; una grosería siempre lo será y el hecho manifestarla tan abiertamente sin que nadie repare en esto, es algo que preocupa en nuestra cultura, tanto por la persona que lo dice, como por el grupo que lo acepta.

Ha sido la palabra la constituyente de nuestra sociedad y son las buenas palabras las que edifican y las malas palabras las que destruyen. El problema está que el dejarlas de decir, no erradica el problema, pues por mucho silencio que exista, la mente elucubra y emite dichas palabras que son apagadas en los labios. Las palabras siguen ahí, solo que no se dicen. Siguen formando parte de nosotros, de nuestra cultura, de nuestra sociedad y, lo peor, es que son tan silenciosas que pronto ya no nos damos cuenta de que se han hecho parte importante y común de nuestra cultura.

Cuando en el corazón de la ciudad las palabras siguen siendo ofensivas, crea ciudadanos y generaciones cuyo vocabulario es grosero y ofensivo y a nadie le importa; ¿por qué? Porque todos beben de la misma fuente. Hay que sanar el corazón de la ciudad… y la ciudad somos nosotros. Nuestros corazones están llenos de sentimientos que provocan expresiones que no edifican nuestra comunidad, odio, venganza, ira, falta de perdón, etc. y esto desemboca en que nuestros hijos crezcan de la misma forma. El problema es nuestro corazón, no el del otro.[5]

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